Realidad Etérea, una vida con los indígenas wayuu

Quince días y quince noches con la etnia indígena Wayuu. Quince jornadas de aprendizajes, tiempos diferentes dentro de una misma franja horaria, relatos en los que ya no sabia si los vivía o los soñaba. Ritmos de vida distintos que me hicieron sentir que vivía otra vida, una mas sencilla, mas noble, sin necesidades apremiantes y con desprendimientos. Días donde entendí la importancia de la condición humana en su individualidad, al igual que el anhelo de vivir en comunidad y sentirse parte de una.

En estos días, comprendí que nuestra cotidianidad, tiene sentido solo cuando estamos dentro del ritmo diario, y que al mirar al otro y darnos cuenta que, esa otra vida no es igual a la nuestra, el juzgamiento es la herramienta mas fácil de defensa. Lo que no pensamos, es que las realidades solo tienen sentido cuando la vivimos cada uno de nosotros, y la realidad del uno no es comparable a la realidad del otro, por tanto una no tiene mas validez que la otra. Al contrario, cada vida es única, irrepetible y rica en ritmos, ritos y vivencias.

Esto me enseño el mundo wayuu, un cosmos donde la palabra del anciano vale mas que cualquier escrito en papel, y que la promesa dada tiene tanto valor como la vida misma. La realidad de los sueños, tan real y tan etérea como nuestra cotidianidad o la que vivimos de noche en los sueños.

La realidad de los sueños, la que nos susurra al oído, la que a veces escuchamos y la que a veces creamos. La magia de tejer para crear lo inesperado, que asombra y vibra en colores y sensaciones indescriptibles. Ese jardín de quimera que develamos a través de nuestras convicciones más intrínsecas, pero que nunca podremos tocar. Ese jardín iridiscente que brilla y transmuta, cambia y crea. Podemos apreciar al pueblo indígena en la realidad de sus sueños. Las palabras de los espíritus de sus antepasados marcando el camino y cuyas energías están impregnadas en lo que nace de la tierra.

En el tejido, entiendes que los hilos de la urdimbre son, como las cuerdas de un arpa, acariciadas por los dedos del tejedor que, cuando se juntan, crean colores sonoros que cuentan historias.

Los signos que se asientan en la superficie de los artefactos son las marcas de cambio y evolución. Símbolos de la conexión entre la dimensión de los pensamientos y lo terreno, lo divino y lo profano. El pasado, el presente y el futuro conviviendo en la artesanía, mientras acompañan al viajero por tierras desconocidas.

Las culturas cambian y evolucionan, pero sus signos y símbolos son la raíz que las une a su tierra sagrada.

 

Vivir con los Wayuu:

El día a día del trabajo wayuu está inspirado en la voz protectora de espíritus ancestrales que se entrelazan con sueños tan reales como efímeros. El honor de escucharlos y encontrar sus manifestaciones en la tierra. Este proyecto se enfoca en transportarnos al jardín de la sabiduría de su herencia, construido por sus sabios ancestrales que nos abren paso en sus tradiciones para sanar el espíritu de la tierra. La transformación de lo efímero en luminosidad, el jardín en hilos de colores y la herencia a través de las técnicas. Los wayuu nacieron para proteger y extender su tierra, las familias son numerosas, pero las mujeres son fuertes y leales a ellas mismas.

El wayuu transcurre su día caminando, pastoreando vacas y cabras, y paseándolas entre la sabana y el arroyo. Cuidan la siembra y recogen la cosecha. Se mueven entre rancherías, aprovechando cada ocasión para visitar a sus numerosos familiares, tomar café y seguir caminando.

La vida wayuu comienza a las 4:30 am, con el amanecer, y termina a las 6:00 pm, con los últimos rayos del crepúsculo. A medida que pasan las horas, la vida de esta particular etnia transcurre, trashumando, aferrándose a sus tierras, de las que se consideran únicos propietarios y en las que muy pocos forasteros han podido penetrar.

Llegué a una etnia que me recibió como una excepción a sus costumbres y me deslumbró develándome sus mayores secretos, sus intimidades, propias de su día a día. Una etnia que me enseñó sobre la lealtad, la supervivencia, la verdadera calidad de vida y la relación espiritual a través de su conexión directa con la tierra en la que viven. Personas que se despiertan con los primeros rayos de luz, caminan al compás de sus cabras, juegan con el agua que discurre por el arroyo, escuchan el susurro del aire y que solo el transcurrir del sol marca el ritmo de su cotidianidad.

“Este es nuestro territorio, nuestra la tierra es inmensa, vamos a construir nuestras casas, vamos a tejer hamacas, cultivamos la tierra, comemos frijoles y somos felices”. (2020, Familia Uriana)